24/9/13

Visita Canal U


No toda la televisión está pensada para ser vista, por eso las novelas de la tarde tienen en sus diálogos la explicación completa de sus planes malvados, por eso Jota Mario tiene que explicar las reglas del concursillo de todas las mañanas 4 veces en menos de 10 minutos, por eso es que la niña de las loterías dice los números que ganan y las entidades que confirman la legalidad del azar. Por eso es que Love Beat es un programa para ser escuchado, no visto.

Puede ser confuso, todo el concepto de la televisión como aparato es el uso de la visión como herramienta principal de disfrute, sobretodo porque los otros 4 sentidos quedan relegados a servirle al primero, al que está en uso. Eso no es malo, es el órgano televisivo por excelencia, aunque eso no significa que no se pueda uno salir de las reglas y hacer las cosas de otra manera, así como Love Beat.
La idea es que dj's de la ciudad vayan al programa, hagan su dj set por una hora ininterrumpida y ya, no hablan, no dicen mayor cosa y no pasa nada más. Aburridorsísimo suena el programa, pero tiene toda la razón de ser, lo pasan los viernes a las 9:30 pm, cuando uno, si va a salir, se está arreglando, si no, pues está en otro canal y ya, lo que pretenden es ponerlo a uno de buen humor antes de callejear, ponerlo a escuchar música que probablemente no escucharía en ningún otro lugar porque los dj's son locales y porque de pronto a la fiesta a la que uno se dirige no es de ese tipo. Love Beat es el perfecto programa compañía, uno no se pierde absolutamente nada si no mira la pantalla, de hecho, si lo hace, se aburre porque no pasa nada.

Una propuesta como ésta en un canal de televisión cuyo público objetivo son los jóvenes y son precisamente ellos los que menos lo ven, es un riesgo grande, no sólo porque no hay pausas en dicho programa, sino porque es su nombre y audiencia la que está en juego. No quiero decir que es malo, es un riesgos de los buenos, si nunca nadie se arriesga, entonces ¿cuándo cambiamos nuestra forma de hacer televisión?

Tecnobiografía


Cuando era pequeña, había un sólo televisor en la casa, sigue habiendo un sólo televisor en mi casa.
Yo me iba con mi mamá a las vigilias de los sábados sólo para llegar a las 7 am del domingo y ver El sofá de la imaginación, programa que nadie conoce, nadie de mi edad, al menos.
Se trataba de una niña que vivía en un sofá gigante con su muñeca, todos los episodios dejaban una lección.  No recuerdo ningún otro programa infantil que me haya dejado tantos recuerdos, creo que madrugar a ver televisión ha sido el causante de ello. No tenía que madrugar a ver Las tortugas ninjas, ni Sakura Card Captor. Pokemón lo daban en la tarde y por la noche la tv le pertenecía a los adultos que veían las noticias y las novelas –de las que no recuerdo ninguna de los 90’s-
Cuando pasaban fútbol, mi hermano ponía el radio a todo volumen y el televisor en mute, no sé cuál sería la causa para tal redundancia, porque en ambos aparatos sonaba lo mismo. Recuerdo bien que su amigo del segundo piso, cuya madre siempre caminaba parada en trapos para “trapear” el piso, bajaba a ver los partidos con los hombres de mi casa. Yo daba vueltas por la sala a verlos a ellos ver fútbol, a comer de lo que ellos compraban y a pedirles plata para mecato. No siento que en esa época la televisión hubiera tenido un espacio tan importante en mi vida, a mí me gustaba jugar en la calle, no en la casa, jamás tuve videojuegos pero sí muchos amigos – vecinos. Cuando llovía y nadie salía, yo sí, a saltar en los charcos de la cuadra. Definitivamente la televisión no fue tan importante para mí en esa época, pero sí en la que vino después.

Cuando tenía 8 años, vivimos un mes y medio en Ecuador, mi mamá, mi hermana y yo, mientras papá y hermano estaban lejos. Nosotras salíamos de noche a comprar la comida para cocinar en el hostal, no hablábamos con nadie, no salíamos del cuarto si no era absolutamente necesario. Vi mucha televisión en esos días, no recuerdo exactamente qué, pero sí era mucha.
Jugábamos cartas y veíamos televisión, nada más. A veces queríamos salir a caminar, sólo lo hacíamos de noche cuando ya el tráfico había disminuido, no éramos exactamente las turistas típicas. En esos días la televisión sí fue importante para mí, era casi lo único que tenía, además de las cartas y el mapamundi con el que jugaba a la pelota.
Cuando volvimos a Colombia, ya no teníamos televisor, ni siquiera uno en toda la casa. No teníamos nada que nos distrajera que no fuera libros. Vivíamos en una casa donde funcionaba una encuadernación, aprendí a pegar lomos y a prensar pastas en ese lugar. No tenía amigos, los vecinos no me hablaban, no iba a la escuela y tampoco tenía que salir de mi casa. Sólo tenía libros.
La televisión empezó a gustarme más cuando ya no era precisamente una niña, aunque tuve camisa de Yo amo a Paquita Gallego,  no fue esa la novela que me hizo quedarme pegada de la pantalla por un año o más, no creo ser una hija de la televisión, no creo que me hayan criado las caricaturas ni las aventuras de Los caballeros del Zodíaco.
He visto muy buenas novelas, he visto muy buenas series y muy buenos realities y concursos, pero no soy una cría del aparato, lo disfruto mucho, pero no sufro si no lo tengo.


La televisión es un medio de entretenimiento que por casualidad, enseña. No ha sido nunca mi medio de entretenimiento, mucho menos el educativo. La tecnología es para mí el medio por el que me comunico con los que están lejos, esa es su utilidad y beneficio. Acortar distancias y sentirnos cerca.


Tecnobiografia

16/9/13

Análisis televisión internacional

How I met your mother

Podría decir que después de ver Friends incansablemente, de disfrutar de Los Simpson y ver de cuando en cuando las nuevas novelas colombianas, esta serie se ha convertido en mi preferida entre todas mis otras preferidas. No es la única que sigo, no es la única que me emociona, pero sí es la única con la que me siento mal si no estoy pendiente todo el tiempo.

No sé mucho sobre la creación de sitcoms, no sé mucho sobre los ingredientes que ha de tener, no sé tampoco cuáles son los temas más explotables ni las mejores épocas del año para lanzarlas. Sé que no había visto antes una serie como esta. Ni siquiera Friends, que podría pasar por ser su inmediata referencia –seguro lo fue para los escritores- me ha hecho desear tener la vida de un personaje ficticio con tantas ganas.

Con seguridad no soy yo el público objetivo de la serie, ni nadie de mi edad. Usualmente no nos vemos envueltos en situaciones tales como la difícil decisión de escoger un buen trabajo dejando de lado el dinero, ni llevamos 14 años con una misma pareja y de pronto decidimos dejarla para hacer otra cosa. Pero sí que me veo identificada, mi yo futura podría  ser como Robin, que siempre se muestra ruda y fuerte, que no le tiene miedo a nada y hace trabajos físicos mejor que los hombres. O podría ser Lily, la madre de todos, siempre preocupada y dispuesta a ayudar. Podría ser cualquiera de ellos cinco en mi futuro, cuando esté a punto de llegar a los 30 y todavía no esté segura de lo que de verdad quiero en la vida. No es un ideal llegar así de desubicado a esa etapa, pero así lo ha hecho parecer la serie, los amigos siempre están ahí, las decisiones apresuradas no siempre salen mal, dejarse guiar por el corazón también tiene su lado bueno y dejar que las cosas fluyan siempre funciona. Está bien, es ficción, su labor es hacernos creer que todo en la vida es posible, que Dios es la máquina que arregla todo y que sólo hemos de disfrutar el viaje.

Mantenerse 8 años al aire, tener 10 millones de espectadores en el primer capítulo de temporada y crear toda una comunidad alrededor no es fácil, mucho menos ahora que tenemos tantas opciones y oportunidades. Craig Thomas y Carter Bays supieron apelar a los miedos de toda una generación, supieron hacerlo con gracia y moralejas.

Este show es por mucho, de los mejores que he visto en la vida, sólo porque me hace creer que yo también quiero vivir esa vida de adulta contemporánea en Nueva York.