Cuando era pequeña, había un sólo televisor en la casa,
sigue habiendo un sólo televisor en mi casa.
Yo me iba con mi mamá a las vigilias de los sábados sólo
para llegar a las 7 am del domingo y ver El
sofá de la imaginación, programa
que nadie conoce, nadie de mi edad, al menos.
Se trataba de una niña que vivía en un sofá gigante con su
muñeca, todos los episodios dejaban una lección. No recuerdo ningún otro
programa infantil que me haya dejado tantos recuerdos, creo que madrugar a ver
televisión ha sido el causante de ello. No tenía que madrugar a ver Las tortugas ninjas, ni Sakura Card Captor. Pokemón lo daban en la tarde y por la noche la tv le pertenecía a
los adultos que veían las noticias y las novelas –de las que no recuerdo
ninguna de los 90’s-
Cuando pasaban fútbol, mi hermano ponía el radio a todo
volumen y el televisor en mute, no sé cuál sería la causa para tal redundancia,
porque en ambos aparatos sonaba lo mismo. Recuerdo bien que su amigo del
segundo piso, cuya madre siempre caminaba parada en trapos para “trapear” el
piso, bajaba a ver los partidos con los hombres de mi casa. Yo daba vueltas por
la sala a verlos a ellos ver fútbol, a comer de lo que ellos compraban y a
pedirles plata para mecato. No siento que en esa época la televisión hubiera
tenido un espacio tan importante en mi vida, a mí me gustaba jugar en la calle,
no en la casa, jamás tuve videojuegos pero sí muchos amigos – vecinos. Cuando
llovía y nadie salía, yo sí, a saltar en los charcos de la cuadra.
Definitivamente la televisión no fue tan importante para mí en esa época, pero
sí en la que vino después.
Cuando tenía 8 años, vivimos un mes y medio en Ecuador, mi
mamá, mi hermana y yo, mientras papá y hermano estaban lejos. Nosotras salíamos
de noche a comprar la comida para cocinar en el hostal, no hablábamos con
nadie, no salíamos del cuarto si no era absolutamente necesario. Vi mucha
televisión en esos días, no recuerdo exactamente qué, pero sí era mucha.
Jugábamos cartas y veíamos televisión, nada más. A veces
queríamos salir a caminar, sólo lo hacíamos de noche cuando ya el tráfico había
disminuido, no éramos exactamente las turistas típicas. En esos días la
televisión sí fue importante para mí, era casi lo único que tenía, además de
las cartas y el mapamundi con el que jugaba a la pelota.
Cuando volvimos a Colombia, ya no teníamos televisor, ni
siquiera uno en toda la casa. No teníamos nada que nos distrajera que no fuera
libros. Vivíamos en una casa donde funcionaba una encuadernación, aprendí a
pegar lomos y a prensar pastas en ese lugar. No tenía amigos, los vecinos no me
hablaban, no iba a la escuela y tampoco tenía que salir de mi casa. Sólo tenía
libros.
La televisión empezó a gustarme más cuando ya no era
precisamente una niña, aunque tuve camisa de Yo amo a Paquita Gallego, no
fue esa la novela que me hizo quedarme pegada de la pantalla por un año o más,
no creo ser una hija de la televisión, no creo que me hayan criado las
caricaturas ni las aventuras de Los
caballeros del Zodíaco.
He visto muy buenas novelas, he visto muy buenas series y
muy buenos realities y concursos, pero no soy una cría del aparato, lo disfruto
mucho, pero no sufro si no lo tengo.










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